Y al final, después de todas las palabras,
queda esto:
una luz pequeña que insiste,
un latido que no se rinde,
una certeza que no hace ruido.
El amor —cuando es de verdad—
no siempre llega cuando lo llamas,
pero siempre vuelve cuando lo necesitas.
Y aunque a veces duela,
aunque a veces se esconda,
aunque a veces parezca que se ha ido para siempre,
la vida tiene una forma curiosa
de abrir ventanas donde antes solo había muros.
Por eso escribimos.
Por eso sentimos.
Por eso seguimos.
Porque incluso en las noches más largas,
siempre hay una chispa que se queda despierta
esperando el amanecer.
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