Siempre estaré en deuda con la mujer que me dio la vida.
Mi madre es la brújula de mis días.
No hay noche sin recuerdos.
Las lagrimas son algo demasiado familiar.
Los tiempos buenos duran poco.
La noche, crisálida de sombras, manto denso,
no es el lecho final, la renuncia al lienzo.
Es pausa, sí, silencio que precede al alba,
donde el alma se repliega, su herida se salva.
No es abismo sin retorno, vacío eterno,
sino útero profundo, misterio fraterno.
En su regazo oscuro, la semilla espera
el sol que ha de romper la pétrea frontera.
La noche no es la muerte, sino el presentimiento
de una nueva luz, un renovado aliento.
Es la promesa tácita, el sueño latente,
de un mañana que emerge, gloriosamente.